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El reverso era el G8

  • 22 oct 2017
  • 5 Min. de lectura

“El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla.” Robert Browning

Parado frente al piano traga monedas, “trompo” sacó una de su bolsillo, la introdujo en la ranura, presionó las teclas C4 y volvió a la mesa donde estaban sus amigos; al instante sonó de Agustín Magaldi ‘Muchacha del circo’ para beneplácito de todos. Esa era la rutina muy frecuente de un grupo de jóvenes que en las tardes-noches de los fines de semana llegaban al bar La Yuca en Envigado ubicado en una esquina del costado sur del parque principal.

Para un transeúnte desprevenido no dejaba de ser curioso eso, que a la juventud envigadeña le gustara tanto la llamada música popular antigua, la que evidentemente disfrutaban con intensidad, toda vez que, cada semana, iban y volvían sobre el mismo repertorio del piano del lugar. La curiosidad se aumentaba al ver que, en aquellos fines de los setenta la “nueva ola” le trajo a los jóvenes nuevas expresiones sonoras con instrumentaciones electrónicas y letras románticas unas, y con alto contenido social otras, muy propias de las primeras experiencias amorosas de la época y para la búsqueda de ideales trascendentales. En el encuentro con esas músicas, hubo una oferta amplia de sitios para todos los habitantes de la localidad. En la heladería La Palma y la heladería Toscana cerca del barrio La Magnolia, se escuchaba incesantemente a Oscar Golden, Vicky, Lyda Zamora, Harold entre otros tantos del Club del Clan, así como a un género de grupos con instrumentos y voces provenientes de Chile, como Los Ángeles Negros, Los Galos, Los Pasteles Verdes y, así mismo, Los Iracundos de Venezuela. Cerca de allí estaba la heladería Georgia con una propuesta musical más variada: las anteriores, más cantantes román ticos provenientes de Brasil, Venezuela y México como Roberto Carlos, Nelson Ned, José Luis Rodríguez y José José, con mucho complemento de boleros en diversas presentaciones y todas las novedades de la música tropical. En el mismo sector estaba La Brasilia con repertorio similar pero con una variante muy exótica, una zona a media luz muy apetecida por las parejas.

Hubo igualmente dos sitios que, mirados en la perspectiva del tiempo, se convirtieron en verdaderos referentes entre el final de los 70s y principios de los 80s: la taberna La 37, con ella llegó a Envigado la pizza y la cerveza del barril, toda una novedad para la juventud envigadeña, máxime que el lay out del sitio era bien distinto al de los bares convencionales, mesones largos, con tablones como sillas, en las que cabían diversos grupos así fueran desconocidos. De la música, ni hablar; las noches invadidas del género llamado de manera imprecisa por los lugareños “música americana” con la bandas sonoras de Fiebre de sábado en la noche, Brillantina, así como, Michael Jackson, Aretha Franklin, Los Bee Gees y otros de los géneros pop y soul del momento, eran el mejor complemento para la pasta italiana y la cerveza servida en jarrones no antes vistos. Inolvidable para todos el aviso luminoso en rojo a la entrada del lugar que decía así: “Pizza / Open”. El otro, fue la taberna La Holanda ubicada en un principio, al lado de la cárcel municipal y luego en la otrora calle 22, donde hoy hay un local de venta de pinturas, que le hizo una propuesta musical a la juventud envigadeña bien diferente: el rock en variadas formas en las que siempre había una buena dosis de The Beatles, The Rolling Stones, Kiss; fue igualmente novedoso introducir en el gusto musical de los asiduos clientes canta autores de diferentes países.


Allí escuché por primera vez a Cat Stevens, Joan Baez y Bob Dylan. Fue el lugar por naturaleza para el encuentro de una juventud ávida de seguir ideales propios de la situación histórica en el mundo como la libertad, la paz, el conocimiento interior, la lucha por la igualdad. Indudablemente La Holanda influyó mucho en la formación de los jóvenes de Envigado de entonces. Cerca de la escuela Marceliano Vélez existió otro bar, discreto en su presentación, pero el más propicio para aquellos que buscaban en la música urbana del momento, la salsa, el encuentro con su propia identidad; se llamaba “El Solar de los Aburridos”; bastaba permanecer entre dos o tres horas para tener un contacto breve con la historia de la música del Caribe, en sus más finas y exquisitas interpretaciones. A diferencia de los mencionados, era pequeño, para poco público, entendible, dado que el fenómeno llamado salsa apenas había estallado pocos años antes en Nueva York con la llamada Fania All Stars y estaba empezando a llegar con relativa fuerza a estos parajes envigadeños. No se puede terminar esta rápida reseña de los sitios que tenían los jóvenes para encontrarse en Envigado, sin mencionar uno que, sin lugar a dudas, pudo haber sido el ícono representativo del placer estético por la música de todos los jóvenes del municipio: La Casa de Diego, ubicada en una casona, fiel expresión de la identidad de una familia del pueblo, abrió sus puertas con una oferta de distracción innovadora y con una propuesta musical verdaderamente ecléctica; no era raro estar un viernes con un concierto en vivo de un trio de boleros al mejor estilo de los mexicanos, y el sábado en la tarde deleitarse escuchando un “mercedesosazo” o un “anayjaimesazo”.


De haberse mantenido en el tiempo, no hay duda, que hoy sería el espacio por excelencia más propicio para el encuentro intergeneracional de todos los envigadeños. Así como los descritos, en otros barrios del municipio hubo muchos más espacios de encuentro para el goce musical y la tertulia, en los temas que invadían los intereses circunstanciales o existenciales de la juventud de finales de los 70s. Por eso, no dejaba de ser llamativo, que muchos de ellos tuvieran incluso, preferencias por cantantes líricos que interpretaban canciones populares de diversos géneros, con el mismo placer y gusto que lo hicieron sus padres y, seguramente sus abuelos, hasta el punto de volverla su propia música y convertirla en el motor de sus propias expresiones. En aquella misma tarde, “la polla” quiso escuchar el reverso del C4, era el G8; al introducir la moneda y oprimir esas teclas, volvió a la mesa con sus amigos complacido por escuchar del mismo Magaldi, los primeros compases de “Mis delirios”, una historia lejana de amor que, en el entorno de ellos, clientes del bar la Yuca, se convertiría en la propia historia de cada uno en la búsqueda del amor soñado, convencidos que para encontrarlo, la música era la mejor compañía sin distinciones de género, edad y época.

 
 
 

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